Yo quería ser editor… pero no lo sabía

Mi rodilla está más o menos bien, y ahora trabajo como editor. Cuando me preguntan qué quería ser cuando era niño respondo algo de lo que me di cuenta hace poco, cuando empecé a trabajar: si hubiera sabido lo que es un editor, habría querido ser uno. Crecí en el valle de San Buenaventura, Chihuauha; y si en cualquier ciudad es difícil que un niño sepa cosas de producción o de diseño editorial, en el valle apenas podía interesarme por la gramática, poner atención en las clases de español de la primaria y, luego, en la secundaria, entrar a concursos de ortografía y aprender sobre ello en un enorme libro de Reader’s Digest llamado La fuerza de las palabras, que mi padre tenía en el librero, sin pensar en dedicarme a ello.

 

Aquí está el Valle de San Buenaventura. De nada.

Hoy, la casi nula promoción cultural que hay en las zonas rurales de Chihuahua me parece un problema grave que no pude haber notado en la primaria, cuando sólo podía soñar con ser médico, policía, bombero, abogado o presidente. Comprendo que por cuestiones políticas y diplomáticas una administración municipal queda “bien” si, por ejemplo, pavimenta calles, porque lo infraestructural se nota (si pavimentan sus calles o las de sus amigos es otro tema, demasiado común en los pueblos pero que prefiero evitar para no hacer un guacamole textual más variado que el que estoy haciendo). Pero otro buen ejemplo que se nota son los teatros, que podrían recibir más atención.

El autor y su hermano gemelo, usando traje y moño, en un cosplay perfecto de Daniel el Travieso.

A pesar de mi opinión actual, no cambiaría mi infancia: fui un niño feliz que jugaba en un patio enorme y trepaba manzanos y nogales. A veces leía o me leían cuentos ilustrados o le echaba ojo a los libros que habían en casa, pero prefería estar en el patio con mi hermano jugando en el cargadero de caballos de mi abuelo o a los Power Rangers (obvio también veíamos la tele, y sí llegaba el Canal 5). Claro está que me hubiera gustado asistir a obras de teatro, exposiciones de artes visuales, a tertulias literarias o presentaciones de libros en mi infancia, pues quizás me habría motivado a dedicarme a la literatura o estudiarla más desde antes, pero eso no puedo saberlo y ahora que me dedico a editar revistas y libros, y a escribir poesía, creo que esa infancia y esa adolescencia me definieron. Hablar de mi infancia podría ser poco interesante para los lectores, pero no es gratuito: una de las primeras cosas que aprendí  cuando sin saber cómo terminé estudiando Letras Españolas en la capital del estado, es a evitar la gratuidad de la palabra escrita. Me decidí por mi carrera tarde, a pocos meses de terminar la preparatoria, quizás por mi interés en la lengua española o por mi leve acercamiento a la poesía.

El autor y su hermano gemelo, posando alegres en la obligada foto frente a un automóvil.

En este texto, deliberadamente introspectivo, hablar de mi infancia es tratar de explicar y de comprender cómo esa vida rural puede definirnos en tantas formas distintas. “Pueblerino”, “Agropecuario”, son palabras que suelen usarse en tono peyorativo, por ejemplo para referirse a la música regional mexicana; pero también son palabras que enorgullecen a quienes crecimos en el campo. Cuando decidí dedicarme de manera seria a la poesía, noté que hablaba de mi pueblo más de lo que conscientemente habría imaginado.

En San Buenaventura aprendí algunas cosas sobre los árboles y las aves, y a llamarles por su nombre; aprendí -aunque suene a cliché- a valorar lo que la naturaleza nos ofrece, como la belleza del desierto y de los montes; aprendí a pescar, a montar a caballo, a pizcar nuez, chile, tomate y frijol. No aprendí de tropos literarios y versificación, ni de líneas viudas y huérfanas, división silábica y área de sangrado, pero aprendí cosas que son poco comunes en la ciudad y que han sido muy valiosas para mí cuando escribo.

Creo que la literatura nos da posibilidades infinitas y que el lugar donde crecimos es fundamental para lo que los escritores hacemos; no por nada se cita tanto la frase de Antón Chéjov: “Si quieres ser universal, habla de tu pueblo, de tu aldea”. Luego de 6 años en Chihuahua aprendí más sobre literatura, y sobre diseño y producción editorial. Leí a Octavio Paz y comprendí que en mi infancia tal vez me faltaron libros y poemas, pero jamás me faltó poesía, pues en El arco y la Lira dijo que “El poema no es una forma literaria sino el lugar de encuentro entre la poesía y el hombre. Poema es un organismo verbal que contiene, suscita o emite poesía”. Leí a María Zambrano y le di toda la razón cuando dijo que escribimos porque no nos hacemos responsables de lo espontáneo, lo que decimos, y que “las grandes verdades no suelen decirse hablando”. Por eso ahora, convertido en el editor que quise ser desde niño sin saberlo, reviso este texto esperando que tenga algo de valioso, y esperando que mi rodilla siga más o menos bien para seguir haciendo lo que me gusta.

José Alfredo Caro Espinoza (San Buenaventura, Chihuahua, 1992). Egresado de la Licenciatura en Letras Españolas de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Actualmente es Jefe de Unidad Editorial en la Facultad de Filosofía y Letras de la UACh, donde es editor responsable de la revista Metamorfosis. Autor del poemario Eva Gúndersen contra los mosquitos, ganador del concurso Soltar las Amarras 2016 en la categoría de poesía.