Un perro Chihuahua

Cuando Petr Pavlenski se clavó los testículos al adoquín de la Plaza Roja de Moscú, y tras pasar algunas significativas horas de arresto, declaró ante los medios de comunicación: “Un artista desnudo, mirando a sus testículos clavados a los adoquines es una metáfora de la apatía, indiferencia política, y fatalismo de la sociedad rusa”. Para muchos, este acto de justificación  sería absolutamente necesario. Vaya, desde el momento en que un hombre atraviesa su escroto con un clavo en una de las plazas más importantes de la historia, algo debe significar.

 

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Pavlenski fue arrestado con brutalidad y fue blanco de acusaciones que sólo pueden venir de una derecha tan enferma como la de la Rusia moderna, y a pesar de esto, meses después, un Pavlenski desnudo se mutiló el lóbulo de la oreja en la azotea de un infame centro psiquiátrico moscovita. Estoy muy seguro que la comunidad de artistas contemporáneos rusos se dividió de una manera sin precedentes con estos acontecimientos.

 

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Desde hace unas semanas, en la ciudad de Chihuahua, el mural de un perro chihuahua ha despertado opiniones que evidencian dos cosas que, sin duda, permean en todos esos obstáculos que no nos permiten dejar de ser un estado conservador y aterrado. Están, por un lado, los que les hierve la sangre al ver al perrito decorando un edificio no menos agraciado, y tras las consignas de “frívolo” y “bobo”, esconden una típica soberbia que le hemos aprendido tanto a la intelectualidad de derecha, como a la intelectualidad universitaria. Por otro lado, los artistas involucrados en el proyecto (y sus amigos) defienden la obra con argumentos tan emocionales como ingenuos: “hay mucho trabajo de por medio” y “súbete al andamio, a ver si tan chingón” son las réplicas comunes de todos esos artistas progres y liberales que, de una forma genuina y desinteresada (quiero creer), buscan reactivar y retomar los espacios públicos.

 

¿Qué cosa no está ocurriendo aquí? Que nadie se quiere poner en los zapatos del otro. ¿Por qué dije “conservador” y “cobarde”? Porque ambos bastiones de esta encarnizada pelea no saben, no pueden,  o no quieren acercarse a uno de los elementos medulares de este problema, y es un problema de identidad. Mientras que muchas personas no se sienten identificadas con un perro chihuahua (porque, seamos sinceros: son feos, huelen mal y son muy escandalosos), los ejecutores del mural encontraron bastante viable pintar un sonriente animalito en el centro de una ciudad dondese viola, se mata, se roba y se difama. Mientras los artistas contemporáneos reivindican su trabajo con el argumento de “crear una escena de arte local”, la gente ningunea su tiempo, su esfuerzo y las horas de desgaste corporal que implican las fiestas que arman en el Aguafuerte.

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Me gustaría mucho que todos esos talentosos y bienintencionados artistas contemporáneos ofrecieran una postura más clara y valiente, y explicaran por qué decidieron pintar a un horrible perro Chihuahua (no es que les haya quedado feo, muchachos, pero es que, reitero, son perros feos). ¿Tal decisión surgió de una asamblea internacional de representantes locales del Arte Contemporáneo? ¿Acudieron al Consejo de Ancianos del Arte Contemporáneo para que les dieran respuesta? ¿Un sueño revelador y epifánico producto de psicoactivos ingeridos en la Sierra Tarahumara dictó el camino? En el arte existen los argumentos, y el no tener uno termina por ser un cartel en donde, escrito con crayolas color pastel, se anuncia “no sé qué estoy haciendo”.

 

También me gustaría ver, a todos los que se rasgan las vestidura y se jalan del cabello por el pobre y feo perro pintado en el mural, proponiendo, investigando, pero sobre todo, escuchando lo que los Artistas Contemporáneos tienen que decir al respecto. El construir y embellecer una ciudad es un ejercicio de participación en donde todos podemos hacer algo, y si a esos entusiastas artistas de tatuajes raros y fedoras se les ocurrió la idea de pintar a la raza más fea de perros que existe en el planeta tierra, deben tener un motivo sólido y bien fundamentado.

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Petr Pavlenski  se clavó los genitales frente al Mausoleo de Lenin sin recibir apoyo del gobierno ruso, (tengo entendido –y yo seré el primero en avivar la pira  si me equivoco– que el edificio Scotiabank, recientemente adquirido por el gobierno municipal, por una cuestión de legalidad y dignidad, le pertenece también a la ciudadanía chihuahuense). Pero seamos blandos: el beneficio de la duda es el bálsamo perfecto ante el vértigo y la náusea que causa el arte contemporáneo. A pesar de todo, Pavlenski dio una declaración (ojo aquí, puristas de la hermenéutica: declaración no es lo mismo que explicación) de por qué hizo semejante acto que muchos podrán considerarlo un ejercicio artístico, otros no. Pero es aquí donde doy mi postura (e invito a los lectores, tanto a los Pro-PerroFeo como a los Anti-PerroFeo, a que la den): solamente un entusiasta de los animales miniatura podría sentirse identificado con un perro chihuahua. Sólamente un cerebro demasiado ingenuo -por no decir idiota- podría verse proyectado en un perro que, con nosotros, los chihuahuenses, sólo comparte una desafortunada coincidencia semántica en el nombre. El artista contemporáneo tiene algo de político: no puede pecar de ingenuo. Si algo pone a prueba nuestra infinita capacidad de ser tontos, es confiar demasiado en el lenguaje. Un Perro Chihuahua nada comparte con lo que significa ser chihuahuense, y ese concepto, el de ser chihuahuense, es algo que urge reconstruir para que esa identidad que muchos piensan sólo habita en la carne asada, los burritos o Chumel Torres, resignifique lo que somos para un país y, en parte, para nosotros mismos.

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Que ese grupo de entusiastas artistas contemporáneos se suban a un andamio para pintar un perro chihuahua en el centro de una ciudad destazada por la corrupción, la mentira y la muerte, ese acto que puede parecer ingenuo y frívolo, tiene algo de Petr Pavlenski encajándose  un clavo en el escroto frente a la policía moscovita: puede parecer que no significa mucho, pero créanme que refleja muchas cosas, oscuras y luminosas, que habitan en el alma de los que viven en esta ciudad.

 

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