Otro ermitaño en la fosa

Cuando usted visita la casa de un compañero de trabajo, familiar o vecino, sería cortés que su anfitrión le recibiera con los brazos abiertos. Pero por un instante dejemos esa fantasía decimonónica. Ya ni nuestro tiempo libre nos pertenece. Es muy probable que esa expresión de bienvenida en ocasiones se vea forzada, o que su llamada o visita rompa una breve comodidad que quizá solo se recupera una vez a la semana. Ya desde el umbral de la puerta o el auricular (si fue una llamada) uno saborea las malas noticias en la plática de sobremesa.

Al notar el titubeo que hay en la voz, el ademán o la forma en que abre la puerta lo adecuado sería retirarse sin discutir más el asunto. ¿Se ve acaso reflejado en una situación familiar? Sea el uno o el otro, no deje rumiar la culpa sobre si; tampoco guarde rencor porque no lo recibieron hoy y quizás tampoco en los próximos días.

En el caso anterior, esa morada impenetrable, la habita toda una población, incluidos usted y yo. Allá en el exterior, tras la puerta, no estamos seguros si quien toca es digno de confianza, un extranjero en nuestra tierra. Esto último ha sucedido en contadas ocasiones, y en el caso particular de Chihuahua esto ocurrió poco después del estallido de la revolución mexicana. Si se hubiera atrevido a abrir la puerta hubiera visto en el portal a un septuagenario, rozando peligrosamente con la invalidez; quizás apenas sosteniendo su peso bajo el bastón. Ese hombre era Ambrose Bierce, un escritor angloamericano que en algún momento llegó a ser considerado el heredero de Edgar Allan Poe.

Bierce (1842-1914) vivió suficientes sinsabores como para justificar su desencanto con la sociedad norteamericana. Fue soldado de la Unión en la Guerra Civil estadunidense. A las heridas de la guerra se suma que vivió más que sus dos hijos. Bierce “el amargo”, como se le apodaba, era un monstruo. ¿De qué otro modo explicaríamos su  lengua afilada y su saliva caustica? Tanto luchar con la bestia (la ignorancia, la injusticia y sobre todo el mal gusto en el arte) tuvo la esperada consecuencia de hacerlo semejante a una; recelosa al contacto humano. La guerra, la perdida, la muerte y el horror tienen un nicho en la obra del hombre que una vez llamó a Oscar Wilde con palabras más astutas: “un niño de mente profanada”. Con dificultad diríamos que la vida fue compasiva con él; tampoco Bierce lo sería consigo mismo.

Ambrose Bierce

Desapareció de los Estados Unidos para marchar a México durante la Revolución. Lo único que dejó atrás fueron un par de cartas donde indicaba su partida y las instrucciones de no alarmarse si se enteraban de su muerte por fusilamiento; su muerte vendría de la mano de un rifle y no de la fría mano del tiempo. Todo rastro de él se pierde en la ciudad de Chihuahua. Para entonces, se tiene claro que tuvo contacto con el círculo villista. De ahí en adelante solo nos quedan rumores y breves huellas. Su muerte es tema de debate, nunca hubo un cuerpo ni un acta de defunción, tan solo rumores de un “gringo viejo” que cabalgaba con Villa y que murió en Ojinaga en 1914.

Bierce era un acérrimo lector de Poe ¿Y usted, ha leido a Poe, a Chambers, Lovecraft?  Entonces reconoce que podemos desconfiar del hombre cuando oculta algo tras su puerta. Y si no los reconoce, tan solo debe saber que el veneno de un hombre es el fermento de lo social. La realidad frente a nosotros es solo una puerta que se niega a abrirse y detrás de ella: un esqueleto, un cadáver, un gato que bien podríamos llamar culpa, crimen o iniquidad. ¿Qué tienen que ver ambos autores con el que aquí presento? Poe era su maestro y principal influencia. Con Lovecraft, fue la sombra detrás de las palabras. Una breve lección de horror que se hereda desde 1840 hasta nuestros días.

No era un amo del horror, sino de la crítica. Era él tanto un espíritu reservado, como el policía moral que tocaba la puerta.  Para un hombre que transgredía en las barreras de la hipocresía era natural ser autocrítico pero de ese modo ni usted ni yo podríamos con seguridad esclarecer un motivo de su llegada a México. ¿Buscaba la muerte? ¿Era la guerra una nostalgia tan fuerte que él la buscó en otro país para sentir un fin más “digno” que la enfermedad y la vejez? Bierce tendría mucho que decir sobre la Revolución, sobre Villa y sobre el estado. Pero esas palabras terminaron desparramadas junto con su sangre en la tierra; de ellas no queda ni eco ni mancha. Carlos Fuentes (en Gringo Viejo) se hizo la misma pregunta al novelizar los huecos en la historia del extranjero. A nosotros, nos queda la inquietud, de que en alguna parte de la estepa chihuahuense un montón de huesos siguen en espera de alguien que rompa el silencio.

Uriel Chinolla (Nuevo Casas Grandes 1992) Quería ser físico pero decidí estudiar Letras Españolas en la UACH. Traduzco poesía y narrativa de inglés a español durante mis ratos libres. Probablemente se más datos inútiles sobre aves de lo que es sanamente recomendado.