Olvidar algo es vivirlo al doble

 

Raúl Aníbal Sánchez Vargas (Chihuahua, 1984). Ha publicado relatos “El genio de la familia” (FETA 2013), poesía “Los dones subterráneos” (Lágrima de Batavia 2015). Es también coautor, junto con Daniel Espartaco, de La muerte del pelícano (Ediciones B, 2014). 

Él cargaba una mochila de cuyo cierre inservible se asomaban rojas latas de una marca de cerveza que en el centro del país causa revuelo. Querétaro hospedó a decenas de estudiantes universitarios para el religioso encuentro anual, un inteligente pretexto para institucionalizar borracheras. Allí vi por primera vez a mi amigo, con los brazos cruzados viendo sin mucha atención la lectura de un poema que, de no ser por el ambiente relajado y desinteresado, habría arrancado una que otra carcajada.

Sonríe siempre, o más bien tiene de esos rostros que parecen siempre sonreír. Su acento, el resultado de una caprichosa mezcla entre el sonido afilado de un cholo de la colonia Infonavit Nacional se suaviza con el tono que, inevitablemente, se le impregna a uno tras vivir más de diez años en la Ciudad de México. Su piel es blanca y una constelación de lunares repartidos en todo su rostro lo hace parecer un adolescente, de esos cuya maldad los hace ver más ingenuos. Siempre viste de negro, porque cree en algo muy complejo que, a resumidas cuentas, se debe proyectar en todo lo que es él por fuera.

Después de la lectura siguió la fiesta, que es de ley. Un bar que se llama El Aleph me recibió ya atontado por las cervezas que Raúl Aníbal me compartió con la displicencia propia de quien quiere quitarse de encima a un escritor ocho años menor. Del final de esa noche recuerdo poco, pero si algo se quedó en mí, es la mirada de Raúl y una sonrisa perfectamente irregular clavándose en mi cara cuando le decía que yo también viví un tiempo en la calle Chimalpopoca. Mi casa, idéntica a la de su madre, idéntica a todas las que se apretujan en esa zona de casas de interés social. “Claro, la casa de tu mamá es la que tiene las tortugas de piedra en la cochera” y Raúl asentía como si le recordara algo que ya había olvidado.

Volví a Chihuahua y me empezó a ir bien. Debo aclarar que, anclándome en la prudencia que cualquier escritor joven necesita para mantener la cordura, “me empezó a ir bien” significa “el instituto de cultura de la ciudad me publicó un libro”. Viajé mucho y conocí gente interesante, de esas personas que se van difuminando entre los renglones de las historias que se llegan a contar. Cuando llegó la primer invitación para presentar mi libro en la Ciudad de México, por alguna razón que hasta la fecha desconozco, Raúl Aníbal me ofreció su casa. De esta primer muestra de hospitalidad recuerdo poco, porque son ya muchas las ocasiones en que piso la capital auxiliado por Raúl Aníbal y Mariana, su novia, mujer cuyo talento y ternura son tan grandes como su paciencia y su inteligencia. De allí en adelante, ambos se han convertido en una parte fundamental de la confianza que tengo en mí mismo, pero sobre todo, han sido amigos.

(Mariana y Raúl Aníbal).

Cuando el hablar de poesía ya cansa, Raúl Aníbal y yo entramos en una especie de trance melancólico por Chihuahua; sus calles, sus secretos, sus momentos miserables y su sangre derramada es algo que no puede estar fuera de ese mismo Raúl Aníbal ya acostumbrado al monstruo que es la Ciudad de México. Chihuahua siempre está allí como un tumor enorme y fascinante para la vista de un morboso estudiante de medicina; palpita y rezume a veces perfume, a veces pus espesa y quemante. Pienso que el afecto que Raúl me tiene viene de un sentimiento de identificación; quizá Raúl ve en mí lo que él pudo haber sido de haberse quedado en Chihuahua: un hombrecillo que se debate entre la hipomanía y la depresión, siempre vestido de negro, cínico y comprometido a la vez. Una contradicción que da ternura y miedo, todo al mismo tiempo. No lo sé.

Cuando leí El Genio de la familia (FETA 2014), primer libro de relatos publicado por el escritor criado en la colonia Infonavit Nacional, sentí eso que Neal Marlens y Carol Black consiguieron al crear la mítica serie de televisión “Los Años Maravillosos”: una melancolía por lo no vivido. Y aunque el libro está construído en un Chihuahua que identifico a la perfección, existe esta lejanía que debe permear en cada gran obra, un abismo que no nos permite ver con claridad el rostro blanco y constelado de Raúl Aníbal, pero sí su silueta saludándonos con la mano. Cuando cerré el libro recordé la voz oclusiva y delicada de Raúl y su hermano, rodeádome en la Pulquería Insurgentes ya hace años, diciendo “siempre hay que conservar la ingenuidad”. Luego apareció Los dones subterráneos (Lágrima de Batavia 2016) un vistazo al Chihuahua de Marisela Escobedo asesinada a tiros frente al mismísimo Palacio de Gobierno; el Chihuahua de esa fiesta en Villas de Salvárcar donde masacraron a dieciséis seres humanos, pero también el Chihuahua de la infancia, que es ese único país que nos pertenece en realidad. Poemas que representan lo más contradictorio de la labor del poeta: la siempre fallida batalla contra la frivolidad; el ver el mundo caerse a pedazos mientras uno encuentra un sitio donde sentarse y escribir poemas.

(Mariana, Daniel y Raúl Aníbal)

Después de la guerra

–palabra de algún filósofo importante-

no queda nada para el hombre

Hay días que despierto con este pensamiento

cansado de árboles y niños

Tender la cama   sacar la basura

toda luz es amarilla todo cielo   toda montaña

uno tiene que sacar poesía de estas cosas

salir a tiempo para el trabajo   buscar en el camino

monedas en la acera

Sigo sin entender por qué existen las conexiones que tenemos con ciertas personas, así como sigo sin entender por qué las situaciones más significativas evocan sensaciones contradictorias y contrastantes. A veces, lo único que podemos entender con claridad es la verdadera patria: la infancia. Cuando veo al Raul Aníbal que ya cruzó los treinta años, sigo viendo a ese adolescente que no conocí y con el que, sin saberlo, compartí calle en la colonia Infonavit Nacional. Quien conserva la ingenuidad puede entender lo que significa ver el mundo con los ojos de alguien que, a pesar de la inestabilidad de su química cerebral o el devastador destello de un mundo cada vez más mezquino, sigue impresionándose por todo lo maravilloso y horrible del mundo.

La última vez que vi a Raúl Aníbal fue en octubre del 2016. Bebíamos con Alfred, un catalán que vive con su padre y un enorme perro en un departamento cerca de Tlatelolco. Mientras veíamos una foto de Stalin enmarcada irónicamente entre boquillas rusas, le dije a Raúl que en Chihuahua vivimos una guerra y que la poesía en verdad iba a ser algo útil, en algún momento. Raúl suspiró y asintió, dudo que me haya escuchado del todo, y está bien, a veces los amigos no tienen por qué prestarse tanta atención. Meses antes, grabé con mi teléfono una conversación con él para posteriormente escribir un artículo en donde, con una mano más cuidada, retrataría en un texto lo que Raúl Aníbal dijo sobre la poesía, la guerra, la política, la izquierda, los videojuegos, el punk. Cuando nos fuimos del café me di cuenta que en ningún momento había presionado el botón de grabado y sus palabras se habían perdido para siempre. Escribo esto dándome cuenta que la admiración que le puedes tener a un amigo va más allá de sus palabras, existe en esos momentos donde todo lo dicho cobra un sentido que da igual explicarlo con palabras.

(De izquierda a derecha; Alfred, Raúl Aníbal, John Farley y el autor).

 

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