Los que van pasando: trazando historias en Chihuahua 2000

“Vámonos, Santi. Ándale. Ya, para la casa”. Pero Santi se hace el que no escucha a su abuela y se queda sentado comiéndose el panchicha que le compraron. No quiere irse. Al otro lado de la calle, cuatro jóvenes están haciendo algo en la barda de la señora Karina. Santi quiere saber de qué se trata.

A finales de los ochenta hablar del 2000 era hablar del futuro. Al norte de la ciudad de Chihuahua se realizó un proyecto de vivienda que parecía una reinterpretación contemporánea de Paquimé: casas y edificios multifamiliares dispuestos en cubos color tierra y caprichosamente interconectados entre sí. Deslumbrados por el cambio de milenio y pensando que con este vendría el progreso, los creadores de este experimento lo bautizaron como Chihuahua 2000.

Si googleamos Chihuahua 2000 encontraremos entradas sobre ejecuciones, riñas, robos, puñaladas y desalojos. Niños como Santi pasaron toda su vida en Chihuahua 2000, sin alejarse más de un par de kilómetros. Hay ya jóvenes adultos que se criaron en la colonia y que nunca han estado en el centro de la ciudad. Por eso, historias como la del niño de Chihuahua 2000 que creció y llegó a los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro deben ser contadas: para inspirar a Santi, para que se sepa que Chihuahua 2000 no debe ser necesariamente una condena sino una promesa.

Es junio y las apps del clima dicen que estamos a 36°, pero el pavimento y el concreto hacen que junto a la barda de la casa de Karina se sienta como si estuviéramos dentro de un asador. Metidos en sus overoles, Daniel Iván, Luisa Natalia, Óscar Francisco y Manuel Roberto se agazapan a la escalera y van dejando la pared plasmada de colores. Su trabajo como parte del colectivo División del Norte se dispersa por varias zonas de la ciudad. Difícilmente algún habitante de Chihuahua podría no haber visto al menos uno de sus murales. Ahora suman a su portafolio esta ubicación en Chihuahua 2000, convocados por Trazo Festival y con el apoyo de Métrica Sociedad Creativa.

Julio Salazar dio sus primeros pasos en Chihuahua 2000. Caminar a las tiendas de la colonia se convirtió luego en la marcha que lo llevó a competir en los 20 kilómetros con la camiseta de la UACh y, finalmente, a representar a México en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016. Ahora Santi y otros niños ven su hazaña representada en los muros de una casa frente a la cual pasan todos los días.

La uniformidad arquitectónica de Chihuahua 2000 hace mucho que se terminó: las casas se expandieron, dividieron y remodelaron; los multifamiliares se adecuaron a la realidad de sus habitantes y las construcciones crecieron deformes. La casa de Karina, en la calle Simón Sarlat Nova, resalta ahora al exponer en su costado el mural realizado por División del Norte, en el cual se muestran los aros olímpicos posados sobre Chihuahua 2000 y más arriba, conquistando la escena, aparece Julio César vaciándose una botella de agua sobre la cabeza para amortiguar el calor mientras sigue marchando.

Con brochas, rodillos y aerosoles, los muchachos de División del Norte van develando poco a poco la obra que dejarán para la colonia. Los vecinos se acercan, preguntan, disfrutan, conversan, se emocionan. “Mira, ese chavo es de aquí y fue a las olimpiadas”, le explican los propios vecinos a los demás que van llegando. Se quedan un rato a observar y luego se retiran.

Sólo quedan ahí los muralistas, el Sol y Santi.