Josemaría: bufón de la corte III (FINAL)

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“¿Qué es un bufón? Viéndolo bien el concepto es maravilloso, ¿en qué momento de nuestra historia se convirtió la palabra en un insulto? Un bufón es un hombre sabio, quien pasa por loco o por gracioso y sin embargo se encuentra siempre a la derecha de los reyes. Un bufón es aquel que puede decir: sería una estupidez incalculable, oh majestad, que cortaras la cabeza a tu primer ministro. Podría decirlo sin temor alguno a perder él mismo su cabeza. Un bufón es el orden, el sentido común, el jocoso freno del poder sin límites que Dios otorgó a algunos de sus hijos…” De tal manera cavilaba Txema Castillo a las afueras de la oficina de Juan Pablo, en el palacio legislativo de San Lázaro. Pensaba así pues muy temprano en la mañana había leído la editorial de un periódico de izquierda en donde se le comparaba machaconamente con un payaso. “Txema Castillo no es más que un clown, un bromista despreciable al servicio de la oligarquía”. ¿Cuándo entenderán esos orates que se hacían llamar “progresistas” que su retórica inflamada con conceptos tan mediocres como el de “oligocracia” sólo espanta al ciudadano promedio? En el fondo esos lidersuchos de izquierda le desagradaban ya que eran igualmente conservadores en materia económica y moral que sus propios padres: se oponían a la despenalización de las drogas y a la liberación irrestricta de los mercados. Era como si vivieran en la maldita edad media, mientras que él, Txema, vivía en el futuro. Una moral sin Dios como la de sus enemigos era imposible. Pero un Dios sin moral era deseable.

Y aquí estaba ahora en la antesala de San Lázaro, sede del palacio legislativo, donde cientos de diputados de todo el país, representando a todos los partidos, hacían negocios y política, indistintamente día tras día. Aunque al llegar todos los empleados lo reconocieron, su fama era tal que no podía ser de otra manera, tuvo que pasar por los engorrosos controles y dejar sus credenciales, como cualquier otro. Un fastidio menor, pensó. Adentro, en una oficina de los múltiples edificios del recinto le esperaba su futuro.

–Queremos que te lances como candidato independiente a una diputación, por el sexto distrito de tu ciudad natal –soltó Juan Pablo a Txema, casi apenas terminadas las formalidades de la presentación. Estaban en su despacho, una enorme oficina recién remodelada de estilo minimalista, con una ventana gigantesca que daba hacía la calle y mostraba toda la miseria de la zona. En los alrededores del palacio legislativo se levantaba una de las colonias más jodidas de la Ciudad de México constituida de parques públicos de colores marchitos y casas de cartón a sus orillas.

–¿Cómo dices? –preguntó Josemaría, quien siendo siempre tan rápido de ingenio apenas si podía entender el ofrecimiento. Por lo general las pláticas sobre negocios o política comenzaban con circunloquios, conversaciones sobre asuntos generales en los que lentamente se iba introduciendo el eufemismo para, ya muy al final, después de horas de parloteo, tratar el asunto directamente en unos cuantos minutos. Pero Juan Pablo era una nueva clase de político, veloz, agresivo, sin ampulosidades. “Esa actitud lo llevará muy alto o lo hará caer en picada”, pensó Txema.

–Vas a tener, por supuesto, todo el apoyo de la estructura del partido.

Juan Pablo decía éstas cosas como si fuera lo más natural del mundo.

–Pero la esencia de un candidato independiente es, precisamente esa, la independencia. Que no lo apoya ningún partido –José María dijo esto y se encogió de hombros, sonriendo levemente, como quien contempla un acto absurdo en medio de una caminata vespertina, se detiene un momento y sigue su camino.

Juan Pablo miró a los ojos a Txema, muy serio, con una dureza inusitada, como la de un jefe criminal que está apunto de ejecutar un subordinado. La mirada poco a poco fue tornándose en una sonrisa, para estallar por fin en una franca carcajada.

–De verdad, no pensé que fueras tan pendejo. Te oyes tan listo en tus programas de Internet. Ay, espera a que se enteren los muchachos –dijo Juan Pablo entre los intervalos que le permitía su carcajada. Tan pronto como la risa vino ésta se fue y regreso de nuevo a la seriedad estudiada de su cargo. –No hay ningún candidato independiente en este país. Esas mamadas no existen. Lo que sucede es que pasamos por una pequeña etapa de descrédito, los partidos y el gobierno. ¿De veras crees que alguien podría competir contra nuestros recursos?

–¿Y entonces por qué no postulan a alguien del Partido? – preguntó Txema, ya instalado en el colmo de la candidez y la inocencia.

–Ya hay alguien postulado, pero es pura pantalla. Es un pinche vejestorio de setenta y cinco años, asistencialista, sindicalista y católico. Una completa patada en los huevos. Tú en cambio, Txema, tú eres todo lo que necesitamos. Piensas como nosotros, tienes credibilidad, tienes seguidores, ¡eres una historia de éxito, chingada madre!

–Pero Juan Pablo, tú sabes que tengo una posición que mantener. Soy un líder de opinión. ¿Qué dirían mis seguidores si…?

Juan Pablo dio un terrible manotazo sobre la mesa de su escritorio. No dejó de asombrar a Txema la cuasi voluntad con la que el diputado mostraba su mal genio como ariete. ¡Qué diferente éste hombre colérico del que salía diariamente en la televisión, besando bebés y abrazando ancianitas con aire ejecutivo! La puerta del despacho se abrió ligeramente y un guardaespaldas se asomó con discreción, tal vez alertado por el golpe, pero al parecer acostumbrado a los desplantes de su jefe. La puerta volvió a cerrarse con lentitud.

–Txema, en tres años voy a ser presidente. Te lo digo de una vez, ya todo está pactado. Y en tres años tú vas a estar a mi lado. No tengo que decirte que estás conmigo o contra mí. Así que considera esto como un incentivo por tus servicios: acabas de ser reclutado en mi equipo de prensa. No te prometo que ganes, y es probable que no lo hagas, pero te vas a llenar la buchaca, eso es seguro.

La conversación siguió con un Juan Pablo inexorable, quien de ahí en adelante evitó ahondar en el tema. Pasó al clima, después al precio del petróleo que caía en picada, y al final, con una sonrisilla seductora que dio asco a Josemaria, al aspecto turgente del trasero de su nueva secretaría. Era como si todo estuviera dado por sentado. La mano, notó Txema al irse, no se había movido de la mesa desde aquel firme manotazo.

 

6

Este es el relato de la Fama, de la velocidad con que lo inesperado acontece a un individuo mientras las masas, inertes y expectantes lo contemplan con asombro. Pero esto inesperado, ésta fuerza, nadie la controla. Para los griegos Fama era una diosa terrible, una doncella hermosa y alada como la Victoria, pero que tenía ojos en cada una de sus plumas, aquellos mismos ojos de donde emergían pequeñas lenguas sibilantes. Para algunos era mensajera de Zeus, dedicada a cantar las glorias de los antiguos héroes, pero en  las tradiciones más antiguas resultaba ser la última de las hijas de Gea, es decir, un ser demoniaco, telúrico, de naturaleza entre divina y monstruosa.

Txema se convenció lentamente de que la candidatura era buena idea, volvió a su ciudad y armó una campaña política. No hizo falta coerción alguna por parte del partido, estaba seducido por la idea del poder y este era el primer paso para ajustar cuentas con su protector Juan Pablo. El dinero fluía a sus cuentas directamente de la Cámara de Diputados y de las arcas del partido al que supuestamente no pertenecía.

Los mecanismos de la política se echaron a andar en cuanto se supo de la candidatura independiente. Se investigó y se volvió de cabeza el pasado de Josemaria, detectives y periodistas a sueldo escarbaron y escarbaron, intentando encontrar algo que le hiciera perder popularidad ante el gentío que se volcaba en adoración de Txema en cada acto público. No encontraron nada. La lealtad hacía Txema era impecable. Ni siquiera Ericka quiso involucrarse, la guapa y callada contadora que había sido su novia y que tenía buenos motivos para odiarle. Txema estaba limpio, algo que no podía, ni de lejos, decir sus enemigos de arena, pertenecientes a los dos principales partidos políticos. Eran un par de candidatos anquilosados que habían tenido, cada uno por su lado, procesos por cohecho y peculado y uno de ellos, por lo menos, había sido secretamente traicionado por su partido que ahora apoyaba a Josemaría. Tal vez fue aquí donde los cálculos fallaron.

 

Santiago de la Vorágine ‏@SantiVoragine  18 feb.

Felicito muy sincera y cordialmente a mi amigo @Txema  por haberse postulado como candidato independiente. Sangrennueva en la politica

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Y así de pronto, error de dedo incluido, el expresidente Santiago de la Vorágine, el vencedor del populismo, el que declaró la guerra al narco, el imbatible critico de ciertas dictaduras sudamericanas, el liberal, católico, humanista… así de pronto se pasó al lado de la independencia y la popularidad. Sangre nueva en la política, decía, como si la política fuera un dios semítico al que hay que alimentar con sacrificios de infantes.

Josemaría lo tomó como un halago, después de todo, Santiago de la Vorágine era más o menos su ídolo. Si no pudo hacer más por el país cuando era presidente (a juicio de Txema, claro) se debía a que tenía un congreso en contra y unos aliados traicioneros.

Pero el resto de la población, los incautos jóvenes que gustaban ahora llamarse ciudadanos, vieron con muy malos ojos el espaldarazo. El expresidente Santiago tenía numerosas acusaciones, se le achacaba desatar una guerra contra el crimen que aún no terminaba, solapar las violaciones sistemáticas de derechos humanos por el ejército y la marina en dicha guerra, además de un par de onerosos escándalos de corrupción. La popularidad de Josemaría se resintió y pronto comenzó a hablarse de acuerdos en lo oscuro, de conspiraciones y secretos.

–Wey, ese Josemaría es la onda, pero no sé, cómo que ahora que lo pienso no es muy de izquierda wey. Y yo soy progresista.

–Wey, qué onda con el matrimono gay ¿porqué no se ha pronunciado?

–Wey, a mí me llegó el chisme que ese wey trabaja para los masones, wey.

La frivolidad es la verdadera diosa de los hados. Poco a poco el edificio de credibilidad de Txema fue desmoronándose. Los periodistas, que antes buscaban en su pasado, tan sólo tuvieron que buscar en las cuentas. Las columnas de chismes políticos, esos engendros verbales que utiliza la elite para comunicarse entre sí, insertadas en medio de los diarios, comenzaron una larga batalla contra el joven líder de opinión. Josemaría había creído que podía vencer al establishment, o que en cualquier caso, podría ingresar al establishment. Pero el poder es un animal celoso.

–Aquí estamos con el diputado Juan Pablo Lozada, el más joven en la cámara de representantes. ¿Qué me dice de los rumores que vinculan las finanzas de su oficina con el financiamiento de la campaña de Josemaría Castillo? –la reportera, también joven y ambiciosa por su parte, no se arredra ante la mirada furiosa del diputado. Al contrario, parece disfrutar con el reto que le plantea a ese hombre, acostumbrado a los tratos más cortesanos

–¿Quién?

–Josemaría castillo, el tuistar.

–Mil disculpas señorita, no conozco a ese señor. En todo caso le diría que la política es algo muy serio que requiere preparación.

–Pero el presidente Santiago, de su partido…

–El EXpresidente tiene sus motivos, simplemente le repito que la política requiere preparación. Yo, para empezar, milito en el partido desde los 15 años…

7

“Bien poco duran las amistades”, pensaba Josemaría Castillo, sentado en su mesa de siempre en la Taberna del Rey. Apenas un mes de pasada la campaña, en medio de escándalos y tribulaciones, tras una derrota muy cerrada frente al candidato oficialista. Pero derrota, al fin y al cabo, y sin estructura de partido, todos esos votos que logró acumular eran menos que nada. La suma de las voluntades populares, esa cosa abstracta en la que según se basaba la democracia, se disolvía en el aire si no accedías al poder de inmediato. Peor aún, Txema estaba con la credibilidad por los suelos y había gastado mucho de su propio dinero cuando le cortaron los fondos ilegales que recibía del erario público. Los columnistas lo destrozaban a diario, sus aliados habían desaparecido y el total de visitas de su programa de TV por internet, así como los seguidores de su cuenta de twitter iban reduciéndose en número todos los días.

–Ánimo Txema, ¿te sirvo un vampiro? –le dijo Mayra, la Güera Gonzáles, antaño cantante de ópera y directora del instituto de cultura del municipio de Cuauhtémoc, pero quien por razones desconocidas había perdido su trabajo y ahora tenía que trabajar como mesera para Charly. Mayra era apreciada por todos los parroquianos, y a Josemaría, por lo general hosco y utilitarista con las mujeres, le agradaba su empeño en salir adelante.

–No Mayra, muchas gracias. Estoy arruinado.

–Txema, si algo me ha enseñado la vida en este país es que la gente olvida muy rápido –dijo la sabía mesera recogiendo el vaso vació y marchándose hacía la barra.

Pero el problema no era ese. Josemaría no quería comenzar de nuevo. No sólo no tenía el ánimo necesario, la voluntad, sino que le parecía algo injusto. A él se le había prometido un milagro y a cambio le habían dado la derrota. El coraje y los colores se le subieron al rostro, y aquella furia encontró salida física en la forma de un puño crispado sobre la mesa de lámina de la cantina. Sintió de pronto una presencia junto a la suya, y aunque temió volver el rostro, supo de inmediato que se trataba de su santo patrono, Escrivá de Balaguer. Apenas si lo miró de reojo, temía calcinarse repentinamente por su falta de fe si al intentar sostenerle la mirada a aquel ser. El santo vestía de nuevo con la levita que se le representa en la iconografía, tenía la mirada adusta y el resplandor sobre su cabeza se extendía terrible y cegador a los alrededores. Un penetrante aroma a rosas invadió toda la cantina y el tiempo pareció detenerse. El usual bullicio de los parroquianos enmudeció y en la pequeña televisión de aspecto grasiento que pendía de una de las esquinas del único pasillo que constituía el establecimiento, la imagen se congeló deformándose. El santo dijo con voz ultraterrena:

–Hombre de poca fe. ¿Por qué has dudado?

Josemaría, por lo general pronto para las palabras y las respuestas ingeniosas se encontró de pronto sin nada que decir. Escrivá continuó:

–Te indiqué cuál era tu deber. Yo nunca hablé de las recompensas. Lo que has hecho hasta ahora por tu país, es apenas lo que le debías a tu país, pero sobre todo, a la iglesia, a la Obra, y a mí. ¿Sientes que has fracasado? ¿Te sientes traicionado por mi palabra? ¿Dudas de mí? Lo siento mucho hijo, pero de donde yo vengo sabemos que no se puede hacer una tortilla de patatas sin romper un par de huevos. Pero nos has servido bien.

Txema hizo un acopio de voluntad. Él era un hombre, y también era un nombre, de hecho, su nombre era lo único que tenía. No podía dejar que unos políticos corruptos y el fantasma de un sacerdote franquista con ínfulas de nobleza lo destrozaran ahora. Txema era importante, era un líder de opinión, era la conciencia de una generación. Él representaba a los ciudadanos, a los empresarios, a los hombres que ya estaban cansados de las elites partidistas que arruinaban día con día la nación.

–Me mentiste. Pero voy a volver, y voy a destruir ese partido de mierda, y voy a destruir a ese diputado de mierda…

–Hijo –le interrumpió el santo –tú crees que eres el bufón de la corte y que sobrevivirás a cualquier conjura en este reino. Pero no eres más que el esclavo de casa. Has saltado cuando te ordenaron que saltaras y si alguien incendia la casa lo más probable es que tú también te quedes adentro. Te hemos puesto aquí para convencer al resto de los esclavos. ¿No hablé yo siempre en mis escritos de la máxima obediencia? ¿No fue lo que siempre te enseñaron tus padres?

Escrivá sonrió, y su sonrisa era tan hermosa y perfecta, tan atractiva, cálida, simétrica y abierta que la luz a su alrededor aumentó hasta enceguecer por completo a Txema, en un estallido de blancura que nadie había visto jamás desde los tiempos de los apóstoles.

Cuando Josemaría por fin pudo abrir los ojos estaba parado en la cantina y el mundo había recobrado su cauce normal. El bullicio había regresado, el viento antes detenido pareció correr de nuevo y en la  grasienta televisión las noticias seguían su curso normal:

Juan Pablo, el joven diputado, daba una entrevista transmitida en vivo. Últimamente su rostro podía verse por todos lados.

–Quiero anunciar que pediré licencia en el congreso para presentar mi candidatura a la presidencia del país. Los resultados obtenidos en las últimas elecciones locales, y una consulta que tuvimos con las bases del partido, me indican que este es el camino apropiado. Más aún, que presentarme a la candidatura es mi responsabilidad histórica por el bien de la nación…

Txema volteó a ver su celular por instinto y en la pantalla, aquella pregunta parpadeaba como siempre, desde el principio de su carrera. Aquella pregunta que podía sentir en la punta de los dedos, exigiendo que tecleara una réplica.

“¿Qué está pasando?”

Pero en ese momento, por fin, después de tantos años, Josemaría se encontró vacío de respuestas.

 

 

 

Raúl Aníbal Sánchez (Chihuahua, Chihuahua, 1984). Es autor de los libros de cuento “Luna de día” (2009), “La comida está en el congelador” (2012), “El genio de la familia” (2013) la novela “La muerte del pelícano”, junto con Daniel Espartaco Sánchez (2013), el libro de poesía “Los dones subterráneos” (2016) y la novela “Matagatos”, (2017).

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