Josemaría: bufón de la corte II

 

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También es cierto que nadie sabe cómo llega la fama. Un par de tuits aquí y allá, un seguidor o dos, un lento y local crecimiento, casi subterráneo, y de pronto como por ensalmo: ¡zaz! Treinta mil seguidores, cuarenta mil, cincuenta mil… ¿Hechizo o milagro? La fama es indisputablemente de origen sobrenatural, y se requiere el poder de un santo o un demonio para que ésta suceda. Una serendipia, un golpe de azar, una casualidad, un gigantesco movimiento de las esferas celestes que se traduzca en una pequeña e inofensiva acción terrestre que desencadene miles de otras pequeñas e inofensivas acciones terrestres…  No, no hay peor engaño (ni engaño más moderno) que el del hombre que cree que se ha hecho a sí mismo: lo mismo pensó Satanás cuando escuchó su hermosa voz resaltar de entre el coro de los ángeles.

Un desconocido candidato presidencial durante unas elecciones corruptas y ya olvidadas, como de costumbre, le da el espaldarazo a uno de tantos chistes de política que por aquel entonces todos soltaban en la red como se suelta una botella al mar. Una broma, claro, de @TxemaCastillo, llamado por fuerzas preternaturales a su destino. ¿Quién puede prevenir la veleidad del populacho? ¿Quién puede saber de antemano que esa bola marrón de lodo congelado, por simple resonancia de una voz lejana y sin importancia, o tal vez por destinados movimientos de placas tectónicas, puede caer y rodar y convertirse en un alud? El Internet se volcó hacía Txema con desesperación y él le correspondió al Internet sabiendo que puede ser un dios cruel y caprichoso. Los chistes y las agudas observaciones al proceso electoral no se hicieron esperar y comenzó a crecer, no sólo a crecer, sino a tener influencia entre sus seguidores. Se había convertido en eso que la gente llama “líder de opinión”, que es como decir casi nada. ¿Qué podría significar tal expresión? ¿Que alguien tiene una opinión y todo los demás le siguen, como insectos de una colmena, obligados por misteriosas emanaciones químicas? ¿No radica el valor de una opinión en ser personal, digamos, íntima e intransferible, cuando menos en su totalidad? Ay, demasiadas preguntas en una época sin tiempo que perder en sutilezas.

Cincuenta mil y un seguidores después, de la noche a la mañana, las ofertas por sí mismas comenzaron a llegar. “¿Conoces a Txema Castillo, el de los chistes en internet? Es cagadisímo”, decían los jóvenes “ciudadanos” a cargo de las mesas de redacción de nuevos y entusiastas periódicos nacidos bajo el signo de la coyuntura y financiados por quién sabe qué intereses. Algo parecido peroraban los muchachos recién graduados de las universidades privadas a cargo ahora de noticiarios y revistas.

Txema decidió mudarse a la Ciudad de México, centro del mundo civilizado, y dejar atrás a Chihuahua con su provincialismo estadounidensiforme, su prometida y sus padres semiautistas. Le habían ofrecido una columna en uno de los nuevos periódicos. Pagaban poco, apenas para resistir los primeros meses (y quién sabe si el editor lo aguantara una vez terminado el lento proceso electoral del país) pero Txema sabía que la columna era sólo el principio. Tenía grandes planes para el futuro, y ahora sesenta y cinco mil personas bebían día y noche de sus palabras (y así crecen los seguidores mientras el lector termina cada párrafo).

–Pero Josemaría, tienes un excelente trabajo, una vida casi hecha. Eres un hombre de bien, –dijeron sus padres al unísono cuando se enteraron de la noticia, como si fueran una sola mente dentro de un monstruo de dos cabezas. Josemaría, quien con todo quería a sus progenitores, se sintió apesadumbrado de nuevo. ¿Cómo explicarles que había sido llamado a ésta empresa por altos designios? Sus padres, bien educados por el Opus Dei, creían con fidelidad en la templanza y la vida sencilla, y en el dolor y el autocastigo cuando ésta se veía afectada. No les habían enseñado a creer en los milagros, esas eran cosas demasiado festivas, excéntricas, hasta de mal gusto podría decirse.

Sin embargo nada lo detuvo. Sus padres, como no podían hacer otra cosa, le retiraron discretamente la palabra, rompiéndole un poco el corazón. Acto seguido Josemaría renunció a su empleo, con gran pesar de su jefe en la maquiladora, quien le tenía afecto al muchacho, mesmerizado como todos por su encanto.

–Mira, si en dos o tres meses te arrepientes, yo aquí te guardo tu puesto.

El asunto de la prometida fue otro cuento. Ericka era una joven promesa, pasante de contaduría y ya practicante en un excelente despacho. Txema intuía que ni ella ni sus padres iban a estar contentos, pero la reacción final lo sorprendió por su visceralidad. Sentados en un restaurante, si bien no lujoso pero decente, ella le dijo cuando escuchó la noticia:

–Estás pero si bien pendejo, Josemaría, si crees que te puedes largar así como así. Tenemos el puto salón, el puto vestido, el pinche puto conjunto musical de mierda.

Para una mujer que nunca decía groserías y ante toda ofensa sonreía de manera modosa y un poco triste, con la mirada baja y las pestañas muy largas de rímel, resultaba de pronto que poseía un repertorio tal que haría palidecer a un trailero.

–Porque te juro, imbécil, que si pones uno de tus culeros pies fuera de ésta ciudad, yo misma voy a donde te encuentres y te corto los pinches huevos y te los meto por…   

Josemaría sabía que podía ser ignorado por muchas personas. Detestaba la idea, le incomodaba no ser el centro de atención, pero descubrir que además de eso podía ser odiado de una forma profunda y avasalladora le abrió los ojos a una nueva realidad. ¡El odio estaba perfectamente bien! Ser repudiado, escupido, maldecido en los cafés y en las cantinas. El precio de la celebridad en realidad parecía más bien un aliciente. Cualquier cosa en lugar del olvido, la ignorancia, la indiferencia y la condescendencia. Ericka fue la primer prenda de este privilegio de la fama. La dejó maldecir durante media hora o más sin él decir palabra alguna y ella se fue lentamente agotando, quemando el combustible de su odio hasta que sólo quedó un guiñapo de persona, llorando desconsolada en una mesa central de restaurante. Txema se levantó y se dirigió a la salida. Se sentía ligero, como si flotara, o mejor aún, como si por propia voluntad volara hacía el mañana.

 

4

Un rápido sondeo en las redes sociales le confirmó a Txema que su fiesta de cumpleaños había sido todo un éxito. Las personas hablarían de ésta celebración durante meses. Jóvenes políticos, artistas, y en general, casi cualquier persona con aspiraciones querían una tajada de la fama de Josemaría. Una fotografía, una mención, ser compartidos, cualquier cosa que reflejara ante los demás una vida interesante, éxito y celebridad:

“Aquí nomás, junto a @Txema y León Larregui en su fiesta de cumpleaños. ¡Son gemelos astrales! #PartyComoTxema”.

“@Txema y yo, opinando sobre el avance del Estado Islámico en el medio oriente, casual #PartyComoTxema”.

A las cinco de la madrugada aún quedaban, repartidos en la casona de la Roma, por aquí y por allá, algunos necios borrachos con suficiente energía. El cielo comenzó a clarear y Josemaría decidió retirarse a dormir, dejando a los supervivientes inmolarse en el fuego de su lujuria alcohólica.

Cuando llegó a su habitación (“camerino”, le gustaba pensar) se encontró en la puerta con Rodrigo y Gilberto, dos gigantescos guardaespaldas que su amigo Juan Pablo (como el extinto Papa) le había puesto para que lo protegieran.

En cuanto Txema y Juan Pablo se conocieron se estableció una conexión profunda, intuitiva y a la vez recelosa. Ambos eran jóvenes, ambiciosos, vanidosos y poderosos. Cada uno era la llave de la destrucción del otro. Juan Pablo era el más joven de los diputados por Morelia del Partido Nacionalsinarquistaneoliberalcatólicohumanista (PNSNLCH, por sus siglas). Otra historia de éxito imparable. Los medios de comunicación lo amaban, la gente bien lo amaba, la Iglesia lo amaba. Era la clase de modelo que todas las mujeres sueñan para sus hijos: guapo, carismático, graduado de una universidad privada, de buena familia, amable, no demasiado populista como para asustar a los intelectuales y al parecer cándido pero con una mirada de inteligencia que no poseían los políticos de por entonces, miradas largamente comparadas por el mismo Txema en su programa de televisión con las miradas de pollos contemplando el vacío.

En un principio, cuando se conocieron en una conferencia impartida a alumnos de la Universidad Iberoamericana (“Jóvenes del mañana: libre mercado y derechos humanos”)  a Josemaría le molestó que el joven diputado fuera de menor edad que él. Después le asustó ver (Rodrigo y Gilberto eran la prueba) que el poder de Juan Pablo no radicaba exclusivamente en su popularidad o influencia. Su poder sobre la tierra y los hombres se materializaba de inmediato y no a través de lentas corrientes de opinión. Era una fuerza real que actuaba a través del dinero, la coerción y la violencia. Con el tiempo Josemaría encontró puntos de conexión con el político que lo fueron tranquilizando y lo condujeron a esa especie de amistad que ahora tenían.

Los padres de ambos pertenecían al Opus Dei y por igual estaban, a diferencia de los líderes de la prelatura, muy lejos de cualquier clase de ambición que no fuera la vida callada, ordenada y reprimida. Por lo tanto ambos eran desaprobados por sus progenitores. Ambos creían en las mismas cosas, sabían que había maneras correctas de arreglar el rumbo del país, de salvar a los pobres y castigar a los malvados: liberalizar sin miedo y a tope los mercados, privatizar las cárceles, despenalizar las drogas, desarticular el estado en todas y cada una de sus corruptas variantes. Había que elevar la edad de las pensiones, quitar obligaciones a los empleadores y derechos a los trabajadores, desaparecer los impuestos y la seguridad social, dejar que cada quien se rascara con sus propias uñas para alcanzar por fin un equilibrio, una homeostasis que nos llevaría despacio pero seguro hacía el porvenir y el primer mundo. La mano invisible del mercado era la misma mano de la providencia actuando a través de formas misteriosas. ¿Y la miseria, la injusticia, los indigentes, aquellos que morirían de hambre con las nuevas medidas? Bueno, en el mundo del mañana sólo sería pobre el que quisiera ser pobre, además, no se puede hacer un omelette sin quebrar algunos huevos.

Había algo más que consolaba a Txema: si las cosas se ponían difíciles con Juan Pablo, bastaba con un tuit furioso para echar abajo su carrera.

–¿Qué onda chavos, cómo está el jefe? –dijo dirigiéndose a los guardaespaldas, pronunció el “chavos” con cierto sarcasmo despectivo, fino y soterrado. Esa forma de hablar le ponía en una pose de superioridad moral inmediata, pero a la vez lo congraciaba con el interpelado mostrándose como una persona juguetona. Otra habilidad esculpida durante años.

–¡Hola Txema! –contestó Gilberto, visiblemente emocionado. No estaba acostumbrado a trabajar con celebridades, los políticos suelen ser grises y vetustos, e incluso los más agradables como Juan Pablo le causaban desconfianza. Pero tener de frente a Josemaría, le alegraba la vida; hubiera recibido sin chistar una bala por aquel hombre, y su compañero Rodrigo de seguro pensaba lo mismo.  

–El jefe nos manda decir que quiere verte para un asunto, pero sabe que de seguro vas a estar muy cansado –dijo Rogelio, casi apenado.

–Óquela muchachos, ya saben que yo encantado con Juan Pablo. Aunque mi corazoncito no deja de estar muy adolorido, ¿cómo que no vino a mi fiesta?

–El jefe manda sus disculpas de antemano –interrumpió Gilberto.

–Sí, sí, ya lo sé. A nadie le conviene que nos vean juntos –dijo Txema con un ademán de la mano que restaba importancia a todo el diálogo. Entró a su habitación para descubrir, aunque sin mucha sorpresa, a una hermosa mujer semidesnuda cuya admiración por la figura mediática parecía explotarle en la mirada.

“Es un trabajo difícil, pero alguien tiene que hacerlo”, pensó sonriendo para si mismo. Afuera de la casona la mañana se presentaba ya en casi todo su esplendor, ineludible como todo el paso del tiempo.

 

Raúl Aníbal Sánchez (Chihuahua, Chihuahua, 1984). Es autor de los libros de cuento “Luna de día” (2009), “La comida está en el congelador” (2012), “El genio de la familia” (2013) la novela “La muerte del pelícano”, junto con Daniel Espartaco Sánchez (2013), el libro de poesía “Los dones subterráneos” (2016) y la novela “Matagatos”, (2017).

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