Josemaría: bufón de la corte

A continuación les dejamos la primera parte de “Josemaría: bufón de la corte” relato inédito escrito por el poeta y narrador Raúl Aníbal Sánchez. Dense.

 

 

I plot with pretenders and princes,

And I will shed a tear on the loser’s grave

Sol Invictus

Si el amo decía: “buena casa la nuestra “,

el negro doméstico decía: “sí, buena casa la nuestra”

Malcom X – Mensaje a las bases

 

1

“Es un largo camino hacia la cima. Es difícil, sinuoso, lleno de peligros. Pero el peor peligro de todos es uno mismo”.  Así pensaba Josemaría Castillo, alias “@Txema”, tuitero estrella, periodista, editor de medios impresos y líder de opinión.

En su fiesta de cumpleaños número treinta y uno, Josemaría se tomó el tiempo de saludar, dar una palmada en el hombro y contar un pequeño chiste a cada uno de los asistentes. Ellos miraban sorprendidos la palma de su mano como si no pudieran dar crédito a su suerte: “el gran Txema, quien hace unos segundos mezclaba la música de su propia fiesta, ha bajado de su pedestal (literalmente) y me ha dado la mano”.

“¿Qué pensarían mis padres, si me vieran ahora?”, se decía Josemaría mientras saludaba a una cámara digital, que lo transmitía a youtube en vivo y en directo, plataforma en donde los que no tuvieron la fortuna de ser invitados podían, con un poco de fantasía de por medio, sentirse parte de algo más grande que sus apocadas vidas frente a la pantalla del ordenador. Su fiesta era el evento del año, y Josemaría lo sabía. La fila de personas para entrar a la casona en la colonia Roma en donde se realizaba el festejo daba la vuelta a la cuadra. Ésta era la culminación de su talento social, cultivado con esmero y dedicación desde los tiempos de la preparatoria.

Ahora que la multitud se apiñaba para celebrarlo como a una estrella de rock; ahora que moderaba debates entre aspirantes a puestos de elección pública; ahora que se había convertido en la voz de la juventud de clase media (de los “ciudadanos” como gustan de llamarse entre ellos con inconsciente tufo a Imperio Romano); ahora que los políticos del país temblaban ante el empeño de su furor republicano, cuando denunciaba sus corruptelas en su noticiero, transmitido a la una de la madrugada en el canal cultural de una de las empresas del duopolio; ahora, justo ahora que el mundo cabía en la palma de su Ipad justiciero, aquellos tiempos de la preparatoria parecían excepcionalmente lejanos.

Nunca le gustó ser un don nadie y siempre tuvo deseos de llamar la atención, incluso desde entonces, durante aquella juventud frustrada en la pequeña y obsolescente ciudad de Chihuahua, cuando, carente de las habilidades musicales que por aquel entonces exigían la muchachas y los groupies para que algún adolescente fuera digno depositario de atención, se consolaba contando chistes en las fiestas.

Cabello negro, alto, delgado, barbilla cuadrada y dientes perfectos. Josemaría tenía buen gusto para la ropa desde entonces, la cual portaba con pulcritud y dignidad, sobrepasando incluso el obstáculo de estar siempre a la moda. Sus conocimientos en música popular (negado como estaba al poder tocarla él mismo) y los mencionados chistes le fueron abriendo lugar entre los adolescentes urbanos. Su nombre pronto era leyenda de buen gusto y distinción, y cualquier fiestecilla era animada con su sola presencia. Ay, mas nada de eso bastaba a Josemaría. Sentía que había, en algún lado, un mundo más allá, dispuesto a recibirlo con los brazos abiertos y tributarle la atención y admiración que verdaderamente merecía.

Fue difícil desarrollar el sentido del humor ligeramente clasista, pero blanco e inofensivo, que tiempo después se convertiría en su marca registrada y lo llenó de seguidores en la red social de los 140 caracteres. Sus padres no sobresalían en agudeza y no hicieron mucho por inculcarle algún ingenio en especial al niño. Militaban en el Opus Dei desde antes que este se volviera prelatura, allá por 1982. La dignidad eclesiástica debió servir como afrodisíaco, pues no pasó un año cuando la pareja ya estaba esperando a su lucero matutino.

No le tenían mucho afecto al recién nacido porque no le tenían afecto a nada. Las viejas y documentadas técnicas de control mental que la organización aplicaba sobre sus numerarios los habían arruinado emocionalmente.

Le dieron su nombre, Josemaría, por Escrivá de Balaguer, y pagaron las mejores escuelas que el Opus Dei pudiera permitir. Fue tal vez ahí donde nuestro héroe, para sobrevivir las bravuconadas de sus hermanos en Cristo, considerablemente más altos y más fuertes, descubrió su vocación social y su presto ingenio. Convirtiéndose en el príncipe de los nerds, hizo la tarea de todos sus acosadores al mismo tiempo que los volvía adictos a su ingenio, sus comentarios mordaces, su locuacidad y conocimiento de la cultura popular. También ahí se impregnó del nuevo liberalismo económico que por aquel entonces ensayaba la iglesia, de la mano de Juan Pablo II, como antídoto contra los famélicos resquicios de socialismo cristiano que aún quedaban en algunos lugarcitos aislados de América Latina. Pronto le enseñaron que la mística palabra “empresario”, era la solución a todos los problemas de un país empobrecido. El empresario era un ser quimérico, aprobado a la vez por el Dios de los católicos y por las protestantes potencias occidentales: una ecuménica luz en la oscuridad del nuevo siglo.

Josemaría pronto comenzó a meterse en política y militó un buen tiempo en las base juveniles del partido Nacionalsinarquistaneoliberalcatólicohumanista, apenas un paliativo para esa lóbrega ansia de fama que le anidaba en el corazón. En algún momento propuso hacer un número de baile con sus compañeros de partido en un centro comercial atestado. Flashmob, una especie de sutil propaganda que intentaba mostrar el lado fresco y casual de una organización política conocida por su anquilosamiento. El número fue un éxito pero a los líderes de las bases no le agradaron aquellas libertades. El turno de Josemaría aún no había llegado.

Pero ¿es que acaso alguien puede ver el futuro? ¿Cómo adivinar, en aquel entonces, que nuestro héroe se volvería el fenómeno de masas que siempre añoró ser? “Pero del día y la hora, nadie sabe, ni los ángeles del cielo”. Con el futuro incierto de cualquier adolescente, decidió estudiar una ingeniería en el Tecnológico de Monterrey, la cual termino sin mucho entusiasmo y con calificaciones perfectas.

2

Nadie sabe cómo llega el abatimiento, esa presencia oscura sobre nuestra vida que no es la depresión ni la melancolía. El abatimiento podría ser, parafraseando a Kant, el peso natural de la propia existencia.

En ese terrible estado de ánimo se encontró de pronto Josemaría Castillo una tarde veraniega de domingo, un 26 de junio, para ser exactos, a la preocupante edad de veintinueve años. El futuro próximo le parecía una lápida sobre su espalda. Digamos pues que se aburría a montones: no estaba contento con su vida.  Aunque ya era un exitoso ingeniero con un trabajo estable en una de las múltiples maquiladoras de la localidad, y además se encontraba comprometido con una dulce muchachita de buena familia, todo eso le parecía soso y anodino.

Sólo encontraba solaz yendo a refugiarse a La taberna del Rey, mejor conocida como el bar de Charly. Un hoyo en la pared en todos los sentidos, pues la cantinucha no constituía más que un largo pasillo, oscuro y estrecho, donde Josemaría no se sentía juzgado ni presionado por ser un hijo modelo y aburrido.

El lugar no carecía de cierto encanto folclórico. Atendido por el viejo Charly, un automovilista amateur y excelente cantinero, de poblado bigote y lentes oscuros de aviador (aun en interiores), en la Taberna se daban cita toda clase de parias que la sociedad de Chihuahua, provinciana, ortodoxa e inconsútil con sus prejuicios, arrojaba excéntrica de su seno. Podía verse, sentado siempre a la barra, a Oscar, “El profe” Carballo, un hombretón de dos metros y 130 kilos quien combinaba la docencia en una preparatoria con su profesión de guardaespaldas. Junto a él, Carlos el Vaquero Vázquez, expolicía judicial, manager de grupos de country y ahora fotógrafo de bodas y quince años. Un sacerdote gordito y bonachón ocupaba una mesa en una esquina, sin duda prófugo de sus deberes dominicales, el Padre Ramos como era conocido por todos, el cual causaba en Josemaría cierto sosiego. La liberalidad del clérigo con la bebida estaba muy lejos de lo que le habían enseñado a Josemaría era el modo adecuado de comportarse para un cura, sin embargo el hombre seguía representando a la verdadera Iglesia y eso le consolaba durante las horas grises que pasaba dentro del bar de Charly, luchando contra la pesadumbre de la existencia.

No vale la pena mencionar a todos los parroquianos. De cualquier manera Josemaría no hablaba con ellos ni se enfrascaba en sus corrientes francachelas y disputas. Taciturno se sentaba en una mesa solitaria y bebía, muy despacio, hasta tres cervezas y nada más.

El domingo en cuestión tuvo la revelación que le cambiaría la vida. Bebía su segunda cerveza de la tarde, cuando escuchó una voz a su espalda, que lo llamaba.

–Josemaría, levanta la cabeza porque eres digno de mi manto.

Al girar Josemaría para localizar el origen de la voz, y por ende, levantar la cabeza en tácita aceptación de la demanda, se encontró con nada más y nada menos que a su santo patrono de frente: Escrivá de Balaguer, muerto en 1975. Vestido con pantalones kaki y una vistosa camisa hawaiana, su famoso y mofletudo rostro se veía radiante, lleno de vida. Le sentaba bien aquella ropa exageradamente casual, por contraste a sus representaciones tradicionales, con la levita sacerdotal y un halo metálico rodeándole la cabeza. Escrivá de Balaguer sonreía con candidez ibérica.  Del bolsillo de su pantalón sacó un moderno teléfono móvil.

–Tú deber es compartir tu ingenio con el mundo. –Dijo el santo de la vida ordinaria, extendiendo su mano con el teléfono hacia Josemaría. –En el trabajo cotidiano se encuentra la mejor manera de servirme.

Escrivá siempre se distinguió por su amor al progreso técnico y su conservadurismo moral, para él absolutamente compatibles. El ofrecimiento del teléfono inteligente no era, después de todo, una rareza para la santa dignidad de su leyenda, pensó Josemaría. Un destello rojo y malévolo cruzó por la mirada del santo pero Josemaría no pudo verlo ya que toda su atención se encontraba sobre la pantalla del teléfono inteligente, en donde aparecía una pregunta que resonaba como una campana tibetana en su cerebro y exigía acuciosa, no una, sino miles de respuestas diferentes. Respuestas penetrantes y sagaces que en ese mismo momento comenzaban a brotar de las yemas de sus dedos. Respuestas nerviosas, irónicas, sarcásticas, coyunturales.

“¿Qué está pasando?”

 

 

 

Raúl Aníbal Sánchez (Chihuahua, Chihuahua, 1984). Es autor de los libros de cuento “Luna de día” (2009), “La comida está en el congelador” (2012), “El genio de la familia” (2013) la novela “La muerte del pelícano”, junto con Daniel Espartaco Sánchez (2013), el libro de poesía “Los dones subterráneos” (2016) y la novela “Matagatos”, (2017).

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