En defensa de la frivolidad

Quiero escapar de lo frívolo sin la pretensión inútil de creer que solucionar los problemas es algo que ocurre cuando miras de frente las cosas. Antes de este artículo pensé, redacté y corregí un divertido anecdotario de cinco taquerías que visité en mi último viaje a la Ciudad de México. Siento que estas cosas son necesarias, no porque sea de vital obligatoriedad el saber qué opinan los taqueros capitalinos de la gastronomía chihuahuense (creo que todos podemos vivir tranquilos sin saber estas cosas), sino porque la sorna, la ironía y lo agridulce se esconde, también, en el sentido del humor. Pero hoy me ocurrió algo que, sin pensarlo dos veces, me hizo cambiar el título de ese hipotético texto sobre taquerías a “pendiente”. Hoy voy a hablar de algo que no existe.

La novia de mi roommate está enojada con él por una discusión bastante infructífera sobre feminismo. Mi amigo, más preocupado que desconcertado, me expuso sus argumentos y los de ella, ambos contaminados por la total inexistencia de aspectos que van más allá de la ignorancia o de la desinformación. El problema fue, es y no debe ser la escasez de empatía, de entender intuitivamente que el mundo va más allá del “deben haber más magistradas mujeres” o del “soy hombre y sé de lo que hablo: a mí me crió una mamá soltera”.

Una noche antes, la muerte de Fidel Castro saturó la conversación de whatsapp que mantengo con mi padre. Él, un excomunista que (casi siendo un lugar común, una resolución inminente, una consecuencia irrevocable) se decantó a la furia calladita y la decepción que arde, terminaba cada mensaje con un “se me murió mi comandante”. Mi madre, por su cuenta, recordando todo el tiempo que invirtió confiando en los barzonistas de Chihuahua, me enviaba fotos de Castro con frases suyas escritas en tipografías horribles. Mis padres, desde su bella y luminosa cobardía e ignorancia, sabían que algo palpable acababa de morir. Moría algo real.

En Chihuahua la izquierda no existe, y esto es algo que alarma no a muchos, es algo que hemos entendido y asumido como el pan duro y rancio que comemos cada día. Existen historias individuales y anónimas como las de mis padres, las de algunos amigos, como la mía. A veces, cuando mis niveles de serotonina son igual de bajos que los niveles de seguridad en el estado, me veo a mí mismo siendo una planta de sombra, un adultito que se dedica a escribir para empresas y a pagar la renta de una casa donde vive con dos amigos y un perro. Siento que las cosas no existen, o por lo menos, no las permiten existir. Y los ataques sí que son frontales y asibles. El “chairo” que sale de las bocas de muchos son empleados para minimizar, deslegitimar, en fin, para desaparecer. Es por eso que la oposición en Chihuahua se ha traducido al sector empresarial que representa el PAN; se ha proyectado en la figura bonachona de los magnates que han convertido algo tan elemental como el bienestar social en un negocio. Es por eso que existe la noticia es Gretta moviendo la colita en Palacio de Gobierno y no la del asedio del narco en Ciudad Madera o la alza de mujeres asesinadas en todo Chihuahua.

La rabia, el desencanto y el hartazgo existen porque existe el hambre, la impunidad y la mezquindad. Verlo de frente puede ser devastador porque es vernos no a nosotros mismos, sino a lo que hemos dejado gestarse. Cuando Gramsci habla de los monstruos que surgen en el atardecer del viejo mundo, está hablando de nosotros mismos.

José Antonio Pedraza me dio una clase en la universidad. Tiempo después falleció. Cuando veía en Facebook los mensajes de condolencia hacia su familia, recordé una de sus clases en donde golpeando con su enorme mano al pizarrón, gritaba, el objetivo de cualquier evolución humana es alcanzar a entender qué es la ética, para después, no ser devastados por sus transformaciones. Y desde que ridiculizar se entiende como una forma más o menos inteligente de demostrar miedo, pareciera que el defender el feminismo, el defender la autonomía universitaria, el defender la autogestión alimentaria, el defender los derechos fundamentales de todos aquellos que no son Yo, toda esa resistencia, se ha convertido en lo malo, en lo despreciable, en lo que debe desaparecer.

Cuando mi roommate me contaba todo esto no quise decir nada y fingí estar muy absorto en mi videojuego. A veces es bueno dejarse abrazar por la frivolidad porque da el beneficio del silencio. Él, mi amigo, me conoce, y seguramente entendía que de responderle hubiera salido fuego por las ventanas de nuestra casa, sin embargo, preferí seguir matando mutantes en un postapocalíptico Massachusetts devastado por la guerra nuclear. Quizá debí quedarme en eso. Quizá no debí escribir esto y mejor haberle enviado a mi jefe el artículo sobre los taqueros capitalinos hablando de Chihuahua, porque al fin y al cabo, para muchos, eso es más real y más palpable que cualquier rabia, cualquier indignación y cualquier hambre.