El norte desde el centro

Me gusta caminar por el centro. El Pasito; nuestra Lagunilla, La Liber; nuestra Madero, la plaza donde está la cosa esa con la espada curva que tiene un láser en la punta y da vueltas; nuestro Ángel.

Y es que los centros de cada ciudad han sido siempre denostados por sus propios habitantes. Porque todos los centros son iguales. Como cuando fuimos a Xalapa y Uriel nos dejó en el jardín central con la advertencia que ahí no había nada, o cuando fuimos a Mérida y Sifo nos presumía el lado moderno de la ciudad.

A mí me gusta bajar por La Cuarta los domingos, el caos de la Niños Héroes y sus camiones y sus mercados, las banderillas, la barbacoa, las gorditas de papa en la placita Merino, la micro que pasa enfrente de metro San Cosme y nos deja frente al Palacio de Bellas Artes, los restaurantes frente a Zócalo que siempre está lleno de carpas (de algún plantón que todos odian o de algún evento al que todos quieren ir), las voces con tonos cantaditos, el suadero, la torta de tamal, Catedral, El Palacio de Gobierno de tres pisos, los museos de la calle Juárez, los organilleros, los acordeonistas, los indígenas que no son de aquí pidiendo dinero para volver a su pueblo, los verduleros, los juguetes de novedad, lo que se anda usando, los tacos de tripas, los elotes, con mantequilla, con mayonesa, tatemados, en el anafre, el Paseo Bolívar, el Montejo, el de los Lagos, la Alameda…

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